domingo, 19 de noviembre de 2017

Unas palabras en torno a «Efímer»

     Marian Raméntol y Cesc Fortuny llevan años enfrascados en una contienda tan interesante como arriesgada: a través de multitud de proyectos, personales y colectivos, y utilizando la palabra, la pintura o la experimentación sonora a modo de armas, nos proponen una lucha constante contra el tedio, el pensamiento único y la banalidad en el arte. 
     Su último artefacto es Efímer, una película experimental de treinta minutos de duración en la que las imágenes se ven envueltas por el ruido y la música y, sin palabras, se acercan al terreno de la poesía visual. 
     Efímer me ha parecido una película salvaje, bruta, un ataque sin concesiones a muchos niveles (narrativo, visual, conceptual). Es muy valiente en estos tiempo ofrecer alternativas así de poderosas, de atrevidas. Efímer es, además, un tipo de trabajo en el que, una vez que entras, es complicado salir: va provocando y encadenando sensaciones de una manera muy afilada, poniéndonos un espejo de muchas cosas que somos. Por ello, cuando finaliza, reconforta saber que en el futuro habrá continuación, pues Efímer es, tal y como nos indican sus autores, la primera parte de una trilogía basada en los conceptos budistas de impermanencia, deseo y sufrimiento.
     Me ha interesado mucho el protagonismo del agua, para mí el mayor ser vivo que existe, la base de toda vida. En esta película, y en nuestro mundo, todo comienza y termina en el agua; Efímer nos lo recuerda porque tendemos a olvidar, y lo hace con mucho gusto y variedad: agua en calma, en torrente, en río, en mar... añadiendo siempre cierta inquietud a su presencia. 
     Efímer consigue también sorprender de repente con imágenes inesperadas, como un pollito descascarillándose, un imponente valle lleno de cruces o unas ovejas en el matadero. La aparición reiterada y espectral de un vestido rojo, y la forma en que están rodadas esas apariciones, produce imágenes muy hermosas y una metáfora muy interesante a lo largo de la película, como en la escena en que está sumergido y, sobre todo, en la escena del matadero (la sangre, más vida). Son momentos de intensidad y gran emoción, muy provocadores y que, creo, centran y concentran al espectador donde los autores quieren, para luego volverlo a soltar y dejarlo caer por el flujo de las aguas hasta la siguiente sorpresa. Y esto también es muy de agradecer, que muestren, sugieran pero sin explicitar, permitiendo al que lo ve ser partícipe de la experiencia y cocreador de significados. Me parece una muestra de elegancia, generosidad y sabiduría.
     Por último, constantemente y por debajo de todo, está siempre la música, el ruido sosteniendo la luz, y muy acertadamente en todo momento. La música en Efímer es una gran generadora del placer, malestar y demás sensaciones que asoman por la película. 
     Efímer es, en resumen, un trabajo que provoca y seguirá provocando emociones, que infunde e inspira libertad.

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